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Este año entro en la cuarentena y llevo dieciséis  compartiendo azañas con el que sin duda es mi compañero de vida.

El viaje ha sido apasionante, muchas veces duro y amargo, como en este momento en el que nos encontramos físicamente separados, aunque paradójicamente más unidos que nunca. Son estas situaciones las que nos permiten indagar en nuestros rincones más profundos, es esta soledad la que me permite encontrar en mi interior el verdadero significado de cada roce, donde encuentro las respuestas a mis preguntas, donde identifico los personajes ocultos de la psique y donde la voz de mi alma se escucha con más fuerza.

No sé si él también estará teniendo esta misma experiencia, todavía no hemos tenido tiempo de compartir nuestras introspecciones. Ellos son mucho más simples que nosotras y necesitan de nuestro empuje, a modo de inspiración, a veces de provocacion, otras veces lanzándolos al abismo, para permitirles llegar a ser ese compañero que toda mujer necesita.

Nosotras muchas veces tiramos la toalla antes de tiempo, por desconocimiento de las diferencias entre nuestra naturaleza y la suya, por falta de tolerancia, paciencia o simple desconexión con nuestra esencia divina, que es también la suya. Debo decir que mi salvación, la salvación de nuestra relación, ha sido llegar al entendimiento de que somos nosotras las que necesitamos hacer entender al hombre nuestra dualidad femenina. Hablarle desde el yo interior, enseñándole a formular dos simples preguntas que ambos debemos responder: la primera, “¿qué es lo que quieres?”, casi todo el mundo está acostumbrado a hacerla. Pero la más importante es la segunda “¿qué es lo que quiere tu yo esencial?”.

Nosotras aprendemos antes a interrogar las dos facetas de nuestra naturaleza y también la de los demás. Así establecemos que es lo que más valoramos y actuamos en consecuencia. Para amar a una mujer, el hombre tiene que amar también su naturaleza más salvaje. Cuando la mujer acepta a un compañero que no sabe o no puede amar su otra faceta, se siente como que la han desmontado y anda coja como si estuviera averiada.   El hombre, igual que la mujer, tiene que averiguar también su doble naturaleza.

Si un hombre pasa por alto la doble naturaleza de una mujer y la toma por lo que parece, éste puede llevarse una sorpresa non-grata, pues cuando la naturaleza de la mujer salvaje surge de las profundidades y deja sentir su presencia, sus ideas, intereses y sentimientos, son muy distintos de los que habia puesto de manifiesto anteriormente.  La mujer consciente que ve patalear a su compañero en una rabieta de niño pequeño por no reconocer y aceptar esta dualidad, gritará a cal y canto “¡quiero un hombre de verdad!”. Ese hombre de verdad, el “hombre salvaje” es el que desea aprender. Los que no disfrutan con el aprendizaje, los que no se sienten atraídos por las nuevas ideas y experiencias, no pueden desarrollarse más allá del poste en el camino sobre el que cómodamente descansan en este momento. Es muchas veces doloroso salir de esa comodidad, pero sin duda la fuerza que más alimenta la raíz de ese dolor, es la negativa a aprender más allá del momento presente.

La criatura del hombre salvaje está  buscando su propia mujer terrenal. Tanto si se tiene miedo como si no, dejarse conmover por el alma salvaje de otra persona constituye un profundo acto de amor. Y desde ese amor nosotros reconocimos y aceptamos la separación que nos brindaba la vida como una oportunidad para reformularnos esas preguntas y hallar las respuestas. En las relaciones, como en la vida, lo único constante es el cambio. Vivimos en un mundo en el que los seres humanos siempre tienen un gran miedo de “perder”, existen demasiadas murallas protectoras que impiden la disolución de las personas en la divinidad, la magia y la grandeza de la otra alma humana.

En mi búsqueda he consultado, examinado y tomado muestras de lo que hay incluso más allá de la conciencia. No deja de sorprenderme lo generosa que ha sido la sabiduría más ancestral al revelarme tan valiosa información. Rezo para que mi compañero sepa usar su tenacidad y paciencia espirituales para enviar su propia naturaleza instintiva  a atisbar bajo la tienda de mi vida espiritual y comprender lo que ve y oye allí. Rezo para que regrese e intente comprender y que no permita que los espectáculos secundarios con los que se encuentre en el camino le aparten de su propósito.

La tarea salvaje del hombre es descubrir los nombres de la mujer, su dualidad,  y  no hacer mal uso de ese conocimiento para ejercer su poder sobre ella, si no captar y comprender la sustancia de que está hecha, dejarse inundar, sorprender, escandalizar e incluso atemorizar por ella.  Y permanecer a su lado. Y cantarle sus nombres. Eso hará que a la mujer le brillen sus ojos y que a él le brillen a su vez los suyos.

Hay un aspecto de esos nombres de la doble naturaleza de la mujer esencial para todos los amantes, del que Clarissa Pinkola Estés habla en la magnífica obra que me ha venido como un regalo caido del cielo, ” Mujeres que corren con los lobos”. 

“Mientras que una de las dos naturalezas de la mujer se podría llamar Vida, la hermana gemela de la vida es una fuerza llamada Muerte. La fuerza llamada Muerte es una de las dos púas del tenedor magnético de la naturaleza salvaje. Si uno aprende a nombrar las dos naturalezas, al final acabará  tropezando directamente con la calavera desnuda de la naturaleza de la Muerte. Dicen que solo los héroes lo pueden resistir. El hombre salvaje lo puede resistir con toda certeza. Y no cabe duda de que la mujer salvaje también. De hecho, ambos se ven totalmente transformados por ella.”

¿Podrás resistirlo una vez más ? Siento que ya iniciamos esta última transformación…

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